LUIS CASTELLANO VEAS, MI PADRE Mi padre vivió una existencia ni muy breve ni muy larga (no alcanzó a cumplir 78 años a su muerte) que se desenvolvió bajo el signo de un riguroso anonimato respecto de sus dotes de artista pintor y también de músico (tocó violín en su juventud). Vivió concentrado en su trabajo de contador hasta poco antes de morir. Sobre todo fue un gran solitario, y mi comunicación con él se basó fundamentalmente—y esto solamente lo puedo ver claro ahora, a casi treinta años de su fallecimiento—en un ancestro común de raíces artísticas. Mi padre nació en La Serena, pero hasta los nombres de mis abuelos paternos me resultan desconocidos. Sólo sé que fue criado por una tía, y que habría tenido un misterioso hermano a quien parece no haber nunca conocido. Sabemos también que mi bisabuelo paterno se llamaba Antonio Castellano y era de Venecia. No sabemos si fue éste, o un hermano suyo, quien cantó en el coro de la Catedral de Venecia, lugar de egregia historia musical (Frescobaldi, Vivaldi). Todos los datos precisos de este bisabuelo mío se perdieron en el gran terremoto y destrucción por incendio de La Serena en 1906. Mi padre creció, estudió y trabajó en La Serena y Coquimbo (en el Banco Londres de esta última ciudad) pero también era amigo de artistas y poetas conocidos de la zona, como Fernando Binvignat, JulioVicuña y Braulio Arenas, a quien reencontró en 1969 en nuestra casa en Santiago, cuando yo era ya conocido en los círculos de escritores. Esos genes artísticos me han llegado, a mí y a mi hijo Hernán Castellano Olivares, desde ese mundo lejano marcado por el arte hasta lo más profundo. Su mundo como artista pintor era el Impresionismo, como fácilmente se puede ver en los ejemplos que aparecen en esta página, los únicos que se hayan salvado de su colección de acuarelas, hoy desaparecidas para siempre. Su modestia en este sentido era total, y es sabido que las familias suelen no dar valor alguno a lo que sus miembros crean como artistas solitarios. Pero estoy seguro que mi mundo de artista pintor viene de su silencioso ejemplo y enseñanza, y de todo lo que yace en nuestra sangre y en el dulce misterio de la vida. Cuando partí al exilio en noviembre de 1973, forzado por la brutal dictadura militar imperante en Chile, mi padre fue a visitarme en la reja de la embajada de Italia en calle Miguel Claro, donde me había refugiado para evitar daño mayores, después de ser arrestado y torturado por carabineros que allanaban la Universidad de Chile en busca de opositores políticos a la dictadura. Esa fue la última vez que lo vería en mi vida, porque falleció en junio de 1978, después de una penosa enfermedad agravada por las dolorosas circunstancias de mi exilio, mucho antes que fuera permitido volver a Chile a los exiliados. Esta sección de mi sitio web es una forma de tardío y por lo mismo necesario homenaje a su memoria. |
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