En Mejillones yo tuve un amor fue mi último proyecto fílmico al que pude dedicarme, por las muchas y diferentes desventuras que me aquejaron como exiliado y como expatriado. Distintas circunstancias adversas me han impedido concentrarme en la que fue la primera verdadera pasión artística de mi vida, por encima de la pintura y la literatura. La vida me ha dejado la literatura como la forma más factible de expresión, porque sólo necesita un papel en blanco y la luz de la conciencia para iluminarlo. Como Nosferatu, En Mejillones yo tuve un amor era parte del trabajo académico de la Escuela de Cine de la UTE, y su filmación fue interrumpida abruptamente por el golpe militar del 73. En algunos momentos trabajamos en paralelo con Nosferatu y En Mejillones yo tuve un amor, pero en realidad la filmación misma de Nosferatu había terminado y sólo trabajábamos en el sonido al momento del golpe militar, pero En Mejillones yo tuve un amor estaba apenas iniciada y se alcanzó filmar una sola secuencia completa. El equipo era parcialmente el de Nosferatu, con Navarrete en la cámara y con Mauricio Saavedra en dos papeles importantes (la Momia y el Obispo-Perro). En Mejillones yo tuve un amor iba a ser una película breve, sin diálogo hablado pero con música sincronizada en base de cinco discos de 78 rpm: “En Mejillones yo tuve un amor” por la orquesta de Porfirio Díaz; “Damisela encantadora” en las versiones de Juan Alvizu y de su autor Ernesto Lecuona en piano solo; “Lover, Come Back to Me” interpretada en Theremin (1) y “Some Day, Sweetheart” por Jelly Roll Morton donde aparecía un lagrimoso violín. Al principio se pensaba simplemente coordinar los cinco discos (de unos tres minutos cada uno) con las correspondientes secuencias de la película, pero luego todo se complicó, añadiéndose sonidos extra como ladridos, bombazos, gemidos, gritos de multitud, etc. y para la continuidad de la historia se decidió mezclar secuencias diferentes con sus respectivos fondos musicales. Lo que originalmente habría sido un ejercicio escolar de coordinación de música con acción fílmica, se complicó bastante, como era de esperar en un proyecto mío, dicho esto sin modestia ni jactancia. El ritmo de la acción debía seguir el compás de las canciones principales, y con “Lover, Come Back to Me” y “Some Day, Sweetheart” debía arrastrarse a un ritmo mucho más lento. La idea era simple: un hombre joven y simplote llamado, precisamente, Inocencio, ve pasar a una bella muchacha desde un banco de la Quinta Normal donde lee un diario. Decide que es el amor de su vida y la persigue por los meandros de un edificio donde hay oficinas y laboratorios. En ese lugar ocurren cosas extrañas: por ejemplo, en un laboratorio los doctores Caligari y Mabuse (interpretados por mi ayudante del Departamento de Nutrición Orozimbo Rojas y yo) se dedican a despertar a la Momia del Fascismo (interpretado por Saavedra), que yace fajada de asquerosas vendas sobre un mesón rodeado de la parafernalia siniestra que debe acumularse en un laboratorio dedicado a tan honroso cometido. Nuestras caras como Mabuse y Caligari, estaban desfiguradas por torcidas y picadas dentaduras de caballo. Cuando finalmente la Momia despierta, después de varias tentativas infructuosas, se pone de pie y sale al pasillo a llamar por teléfono. |
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No es casual que las tomas de Caligari y Mabuse fueran hechas en el laboratorio de Nutrición y Alimentación de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Chile, y que la verdadera momia del fascismo despertada nos llegara a buscar ahí mismo, a Orozimbo Rojas y a mí, el fatídico día 24 de septiembre de 1973, cuando fuimos arrestados y llevados para ser torturados y golpeados en una comisaría cercana a Quinta Normal, por delación de los colegas fascistas de la cátedra. Así la realidad superó a la ficción en su horror, como en el resto del país.
Esta fue la única parte que pudimos filmar junto con la primera, que introducía a la película con el tema “En Mejillones yo tuve un amor”, y gradualmente debía atenuarse hasta fundirse con la toma del parque y la niña, donde empezaría “Damisela encantadora” con sus fuertes acordes al aparecer ella en escena. Este comienzo de la película alcanzamos a verlo proyectado y era impactante, perfecto, coordinado con el tema “En Mejillones…” , que empieza en ritmo rápido, introducido por el piano. Aquí Jorge Navarrete hizo un picado desde las torres de la Catedral de Santiago, hasta encontrarse con el famoso predicador que saltaba y saltaba y que recibía el apodo de El que no salta es momio. Así lo llamaba la vox populi en los años de la UP, pero me dicen que años después (yo lo vi y filmé en 1994) se le conocía por Gloria al Pulento. Pero para nosotros siempre será El que no salta es momio. El ritmo del predicador saltarín, con su cara de Van Gogh curicano, calzaba perfectamente con el de “En Mejillones…”, era una coincidencia mágica. Sólo un par de fotogramas se salvó de esta perfecta e hilarante toma. |
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Las otras secuencias incluían una en la desaparecida Casa de Botellas de la Quinta Normal (con “Some Day, Sweetheart”) donde Inocencio (que iba a ser interpretado por Jorge Aravena, un químico del SAG con un rostro de gran expresividad, como creado especialmente para ese papel) perdido el rastro de su amada, llega al lugar a consolarse con una pílsener. Pero en la mesa vecina se está devorando un enorme plato de prietas, un obispo purpurado (Saavedra) vestido de mitra y paramentos, que engulle el alimento con gestos de una grosería incalificable, escupiendo sobre la mesa y recogiendo las prietas con la boca y sacudiéndolas como lo haría un perro callejero. Inocencio lo increpa diciéndole (con un cartel) ¿Cómo puede un dignatario episcopal comportarse como un cerdo en la mesa? Pero esta acción del inocente sólo provoca en el Obispo una espantosa crisis metamórfica. Primero sus ojos bizquean de modo horrendo y luego una gran cantidad de espuma le sale por la boca, y finalmente escupe escorpiones, escuerzos y otros bichos repugnantes. De inmediato, el enloquecido Obispo salta sobre Inocencio y empieza a tratar de morderlo, luego se pone en cuatro patas e inicia su persecución. Esta secuencia tiene reminiscencias del final de Los sabios, con el Abuelo emperrado que muerde a sus nietos y al detective colgando de un árbol. En la secuencia de En Mejillones yo tuve un amor, el Obispo rabioso también trataba de morder a Inocencio, cuyo traste colgaba peligrosamente cerca de los dientes del purpurado. La secuencia se resolvía con el Obispo finalmente transformado en un escorpión que arrancaba por la gravilla del camino.
Inocencio puede entonces bajar del árbol, más rápido todavía porque divisa otra vez a su amada que se dirige al misterioso edificio (que en verdad era la Facultad de Veterinaria) y corre detrás de ella para declararle su amor. Aquí la música de fondo debía volver al tema “Damisela encantadora” mientras Inocencio busca y busca por los pasillos, donde se encuentra con sorpresas como esqueletos de animales, con los doctores Caligari y Mabuse practicando el pulseo en su laboratorio, y finalmente encuentra a su amada en una situación penosa: ella ha entrado minutos antes a la oficina de un catedrático de albo delantal que levantando sus ojos de un libraco se dispone inmediatamente a violarla sobre su escritorio. El catedrático trata de desgarrarle sus prendas mientras ella se debate, lo patea y rasguña, pero el catedrático es implacable y pareciera que va a lograr su cometido, hasta que Inocencio hace su entrada al recinto. Aquí se interrumpe bruscamente la música de “Damisela encantadora”. La vista de Inocencio espanta al catedrático, como si estuviera en presencia de una entidad espantosa, amenazadora de su vida. Se sienten vagidos de ultratumba, gemidos, mientras la cámara muestra su rostro congestionado por la rijosidad y por el miedo. Abandona a su presa, que se refugia contra la pared tratando de cubrirse y mostrando también mucho temor hacia Inocencio. Sus ojos reflejan ese terror. El catedrático entretanto, corre hacia la ventana y se arroja al vacío. En un montaje muy rápido, la cámara muestra el exterior del edificio por cuya ventana abierta en vez del cuerpo del catedrático se ve caer una enorme bolsa negra de basura, llena de desperdicios que al estrellarse con el suelo se desparraman con un ruido de una fuerte explosión ululante.
Mientras la cámara se engolosina enfocando detalles de los desperdicios, vuelve la introducción del foxtrot “En Mejillones yo tuve un amor” y se muestra a El que no salta es momio pero también a una gran multitud en una de esas concentraciones políticas en las que se saltaba y saltaba porque todavía estábamos en condiciones de hacerlo. También debía verse a Inocencio y su amada, cocorocos ambos y tomando helados, como en son de flirteo preliminar, mientras una muchedumbre de jóvenes barbudos y lolas despampanantes pasa saltando detrás de ellos y la música se esfuma con una foto fija de las copas de los árboles de la Quinta Normal. Cuando viví exilado en Italia durante los años 70, todavía existía un guión completo de En Mejillones yo tuve un amor, pero también se ha perdido. Sólo sobreviven los dos fotogramas que aquí se muestran, y la completa idea, que pertenece a los sueños. En 1994 pudimos regresar por primera vez a Chile, después de 21 años de exilio primero político y luego económico. Entre las muchas singularidades emocionantes de este reencuentro fue ver al predicador saltarín, todavía vivo y predicando, pero ahora a un ritmo mucho más relajado por los años, resbalando los pies en vez de saltar, casi en el mismo sitio de la toma original de Plaza de Armas. Lo filmamos, esta vez en video, y también realizamos algunas tomas del laboratorio de Nutrición y Alimentación de la Quinta (que en 1994 era una dependencia prácticamente abandonada de la Sede Oriente de la Escuela de Medicina). Desde ese reencuentro, a su vez otra eternidad ha pasado. Pero el film o el video, por su parte, detienen el tiempo.
FOOTAGE DEL PREDICADOR SALTARIN EN 1994 FOOTAGE DEL LABORATORIO DE VETERINARIA EN 1994 |
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