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Los sabios, filmada unos seis años después de Sangre en el Congo, significaba un gran salto, si no en la técnica, en la concepción y estilo cinematográfico. Los sabios no se alcanzó a terminar como ocurrió con Sangre en el Congo, y quedó para siempre inconclusa; el rollo principal de 8mm se ha perdido y sobrevive algún metraje que fue descartado del montaje donde se conservaba la parte de la película considerada definitiva. Los medios todavía eran absolutamente primitivos, y no disponíamos ni siquiera de una moviola para revisar y montar el material. El argumento era más ambicioso que la astracanada de Sangre en el Congo, porque involucraba una crítica/sátira a los científicos en la forma que habíamos conocido a fondo durante nuestros estudios de Farmacia. En este sentido, Los sabios está directamente conectada a La civilización de los topos, mi novela “para niños, niños-adultos y adultos-niños” escrita en 1958, o sea exactamente entre Sangre en el Congo y Los sabios. Entre las dos películas también hay un abismo existencial, el que va del estudiante al profesional, ya que para 1962, los del equipo estábamos recibidos de farmacéuticos o de bioquímicos, y trabajando en laboratorios privados (Charly y yo) o muy avanzados en su carrera, como Helios Murialdo y el resto de los actores. Este status económico, lejos de ayudar a la rápida terminación de la filmación, por el contrario fue la causa de que la película quedara inconclusa, por los muchos compromisos de los actores de la troupe. Nada queda de las notas o plan de filmación, que esta vez yo había preparado con mucha precisión artesanal, a diferencia de Sangre en el Congo, que fue prácticamente improvisada. Aquí se habían elegido escenarios, laboratorios, etc., con un cuidado que lindaba en lo profesional, pero que era intuición pura, después corroborada durante mis estudios de cine que resultaron en la filmación de Nosferatu. La historia en líneas generales se refería a un grupo de profesores de química que trabajaban en fórmulas secretas, como la de una crema depilatoria instantánea y un extracto que transformaba a un hombre en perro. Estas escenas debían ser filmadas en el laboratorio de bioquímica del profesor Osvaldo Cori, quien siempre mostró mucha indulgencia con nuestras payasadas. Pero las filmaciones en el laboratorio no resultaron porque no había iluminación adecuada ni teníamos cómo procurarnos focos. Los sabios que hacían distintos disparatados experimentos eran Charly Schidlow (veterano de Sangre en el Congo), Ramón “Moncho” Latorre (quien llegó a ser nada menos que Premio Nacional de Ciencias en 2002). Pero en cambio se llegaron a filmar en exterior otras escenas con los profesores visitantes, interpretados por Eduardo Rauch y Arturo Yudelevich, también bioquímicos. Con ellos pudimos filmar una escena que tuvo una secuencia absolutamente inesperada y que desgraciadamente se perdió en 1973 con el resto de Los sabios. Helios Murialdo (después destacado bioquímico de la Universidad de Toronto y también novelista) y yo inpersonificábamos a dos gangsters que iban a asaltar y suplantar a los profesores Rauch y Yudelevich en las cercanías de la Escuela de Farmacia en Vicuña Mackenna 20. El objeto del plagio era robar las fórmulas que Schidlow y Latorre preparaban en sus atrezados laboratorios. La escena del asalto y suplantación alcanzó a filmarse, pero con un agregado que cuya pérdida, hasta hoy, casi lamento tanto como la del resto del metraje. Esto sucedía el día del funeral del poeta Carlos de Rokha (muerto el 28 de septiembre de 1962) cuyo velatorio recién había terminado en la Casa del Escritor en calle Almirante Simpson 7, precisamente en esos momentos. Murialdo y yo acechábamos a Rauch y Yudelevich en la esquina de un callejón contiguo, y el compañero que filmaba (Sergio Paredes) realizó un barrido con la cámara y alcanzó a captar el momento en que miembros de la SECH sacaban el ataúd del poeta para cargarlo en la carroza. Esta extraordinaria coincidencia habría bastado para hacer de Los sabios un documento único, pero la historia política chilena iba a disponer otra cosa. |
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Los sabios tenían un ayudante de nombre Chiflota que, entre muchos deberes subalternos, era el encargado de buscarles animales de experimentación. Para este efecto hace una visita al zoológico del Cerro San Cristóbal, recorriendo las jaulas de diversos animales: el elefante, las cebras y otros, llegando finalmente a la jaula de los perros rabiosos, que le parecen adecuados, pero para recolectar sus pulgas, que se lleva en una caja de fósforos. Filmamos estas secuencias con nuestro amigo y compañero Alberto Cuevas, quien se demostró como el actor más desganado y esquivo de la historia. Lo que pasaba es que Cuevas no tenía el menor deseo de actuar ni en esa ni en ninguna película y había accedido sólo por cortedad de genio y prácticamente obligado por mí. Su actuación fue pésima e incurrí en un abuso al obligarlo, ya que le quitaba minutos preciosos de su tiempo libre, que él dedicaba a la audición de sus discos de jazz. Le pedimos disculpas por esto, a más de cuarenta años de los hechos. |
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Las secuencias del zoo fueron repetidas por Carlos Moreno (destacado bioquímico que hoy reside en Inglaterra), quien hizo un doble papel, el de Chiflota después de la deserción de Cuevas, y el del Abuelo de los gangsters, pero casi todas se perdieron con el copión final. No puedo dejar aquí de recordar a estos estupendos amigos, que habían soñado y puesto en práctica una concepción humanista de la ciencia que los ponía en desacuerdo no sólo con la mayor parte del profesorado de la Escuela (con el cual yo estuve perpetuamente en conflicto durante toda mi carrera estudiantil) sino con el medio científico en general, a menudo utilitario y corto de luces. Los amigos del grupo de Aspectos siguieron su camino con consecuencia e inteligencia excepcional, y realizaron carreras brillantes en el país y en el extranjero, como Moncho Latorre, y algunos compartiéndola con el arte, como Murialdo (quien escribió y publicó dos excelentes novelas en Canadá). No he sabido qué fue de Yudelevich y Rauch, pero siempre los recordaré como amigos iluminados que luchaban por un mundo mejor. Las secuencias de Los sabios que se alcanzaron a filmar incluían a Moreno en el papel del Abuelo, a quien los gangsters no vacilan en dar el extracto de perro robado a los sabios, que provoca en él una crisis perruna. Esta escena, curiosamente, fue filmada en el mismo sitio que diez años más tarde se filmarían algunas escenas de Nosferatu: el jardín de mi casa de Carlos Montt 5519 en Ñuñoa. El Abuelo, completamente preso de su personalidad canina, persigue por la calle a sus nietos. El grupo se encuentra violentamente con el Detective, impersonificado por José Santos Guerra (ahora un pintor muy exitoso de Santiago, pero entonces compañero de desventuras en el infierno de las industrias Pfizer, donde ambos trabajábamos). El Detective tenía un método de trabajo curioso: se subía a los árboles oteando el horizonte con un catalejo, persiguiendo malhechores, o bien los buscaba debajo de las hojas secas en las aceras. En otra escena perdida, el Abuelo ataca al Detective precisamente al subirse a uno de los árboles de Carlos Montt esquina de Juan Sabaj. Hay secuencias de Los sabios que preludian otras de Nosferatu, como los choques y costalazos entre los personajes en fuga, pero ambas se remiten al estilo disparatado de las comedias de Mack Sennett. Ha sido magnífico poder encontrar algún metraje descartado, tanto de Sangre en el Congo como de Los sabios, en dos rollos dados por perdidos en mi casa en Santiago. Ellos han sido vertidos a formato digital por Digital Memories en San Luis Obispo, California. A continuación podemos ver las secuencias de Cuevas en el Zoológico de Santiago, dos brevísimas tomas de Charly con una barba descomunal en el laboratorio de Bioquímica, una con Moreno como Chiflota, y luego dos secuencias de ensayo donde aparezco yo, Murialdo, Moreno como el Abuelo, y Guerra como el Detective. Charly Schidlow, actor de Sangre en el Congo y de Los sabios, como así de innumerables veladas y obras teatrales de nuestro grupo, moriría trágicamente años más tarde en Los Angeles, ciudad donde había acudido para buscar fortuna pero sólo encontró la muerte. Estampamos aquí nuestro eterno reconocimiento a este amigo que iluminó toda una época fundamental de nuestra vida. |
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