extraído de Calducho o las serpientes de calle Ahumada (Planeta Chile, 1998) La casa de mi amigo el Vinko Chico era el lugar de las proyecciones de las películas de Grafo Films, o sea del proyector Grafo. Este era nada más y nada menos que un tarro como los de duraznos con una ampolleta adentro y poseía dos tambores giratorios de lata también muy precaria y una lente montada en otro tarrito más pequeño. Era una pobre mezcla de linterna mágica y proyector de películas.. Desde el pequeño paraíso del subdesarrollo, el proyector Grafo de mi amigo surgía como sustituto de un verdadero proyector Kodak o Keystone de ocho milímetros, objetos que naturalmente existían, pero que de puro inalcanzables eran como productos de la fantasía. En todos esos años vi un solo verdadero proyector cinematográfico: el que tenía nuestro vecino el padre de mi amigo Jorge Campos, quien también poseía una filmadora, posesiones que lo colocaban indiscutiblemente en una categoría sobrehumana. Algunas, las muy pocas veces que se me permitió compartir esas maravillas, el padre proyectaba escenas familiares, deshilachadas y naturalmente mudas, pero verlos a ellos moverse en la pantalla era una realidad absolutamente prodigiosa. También, en uno de esos rollitos de películas caseras, aparecían unas vistas tomadas en el tren cruzando el viaducto del Malleco, puente que yo había atravesado varios años antes yendo a visitar a mi tío que vivía en Victoria, obteniendo una impresión terrible e inolvidable. El ver recrear esa realidad ajena y a la vez tan cercana en la pantalla, ha sido y es una de las maravillas más increíbles, donde la técnica se sobrepasa a sí misma. Ahora, cuarenta años más tarde, cuando el milagro es aun más radical, con las vistas tomadas y recreadas instantáneamente con la videocámara, con imagen en color y sonido fiel, ello no deja de sorprenderme igual que entonces, porque recrear un momento dado es detener el tiempo, deseo fáustico tan viejo como el hombre mismo. Hubo un tiempo en que toda mi energía, toda mi pasión, o sea todo lo que deseaba hacer, era realizar una verdadera película de dibujos animados creados y puestos en vida por mí mismo. Las películas de animación vistas hasta ese momento, Blanca Nieves y los siete enanitos , Pinocho , Música maestro y la última, Los tres caballeros , eran el mundo más maravilloso que pudiera imaginarse, un universo de perfección al que hubiera querido integrarme, porque entonces no podía tener la más mínima idea acerca de la ideología de conformismo y manipulación de la realidad que so contrabandeaba con ellas. Yo no tenía la menor idea de cómo se podía hacer una película, pero sí sabía que podía hacerlo, y tenía esa película como filmada en el cerebro. La llevé allí por años, la superproducción con todos mis personajes del Valle del Ensueño. Entonces —para mi fortuna— no conocía ni sabía del abismo que va del pensamiento al producto realizado. Lo cierto era que mi película estaba íntegra en mi mente y hubiese bastado una insignificancia, algo así como los estudios de producción de Hollywood, para hacerla realidad. Debía todavía vivir y morir demasiadas veces para poder filmar una película real. En el intertanto, lo que podía hacer e hice, fue lo siguiente: confeccionar con mis manos lo que sería como un antepasado prehistórico de la videocasetera con la pantalla incorporada. Era simplemente una caja de zapatos a la que había recortado un hueco cuadrado en el fondo y de este modo había preparado la pantalla. Las imágenes eran mis propios diseños, hechos en un rollo de hojas de cuaderno pegadas en serie. Allí aparecieron mis historias de la Hormiga Cecilia y de Pancho Tucano, y yo las hacía desfilar, desenrrollándolas y enrollándolas sucesivamente de izquierda a derecha en un mecanismo rudimentario hecho con dos cilindros de madera de los que se usan para sostener el papel higiénico en el baño, con unas manivelillas atornilladas arriba, sacadas de unas herramientas viejas de mi padre. La película en mi visor zapatero pasaba de izquierda a derecha, con sus distintas escenas trazadas con tinta china e iluminadas con lápiz de color. El proyector Grafo, por otra parte, no era exactamente un proyector de cine, faltándole el elemento esencial del movimiento, aunque poseía toda la fascinación de la materialización de la imagen en una pared desnuda y blanca, la proyección que ya la linterna mágica podía dar, con su par de siglos o más de vida. También era un paso adelante, puesto que el rollo diminuto amplificado al proyectarlo permitía contar una historia más completa y la misma puesta en escena, con la imagen del aparato, cuyos tambores se parecían a los de las verdaderas películas, contribuía a asimilarlo a una verdadera proyección con movimiento. Los proyectores Grafo incluso tenían una oficina de venta en el centro de Santiago, en los pasajes subterráneos de Ahumada 312. Todas las películas de Grafo Films estaban ahí para la venta, arrolladas en carretes de cartón y dentro de sobrecitos con sus nombres. Estas eran de papel cerado, y semitrasparente. Había un catálogo de las películas que realmente eran historietas muy largas, para leerse verticalmente en vez de horizontalmente. Había que repetir varias veces la operación de enrollado y desenrollado, para dejar las películas listas en sus cajas con la cola al principio, al terminar la función. Ahora podemos decir que tanto los espectadores como los operadores del proyector Grafo debían tener una paciencia realmente ejemplar, que provenía sobre todo de nuestra diversa concepción del tiempo, para esperar durante las interminables enrolladas y desenrolladas. Muy luego mi padre me procuró un proyector después de un rápido descenso desde su oficina del noveno piso al subterráneo, para que no tuviera que depender del Vinko Chico. Su proyector era café, el mío gris, de un color no ratonil sino más bien azulado. Pero al comenzar a usarlo empezaron los problemas: comenzó a exhalar un fuerte tufo a pintura quemada. No sólo era eso sino que, a poco de pasada una película sobre Guillermo Tell con unos grabados horrorosos donde los hombres parecían zombies o cadáveres escapados de la morgue, un gran chispote saltó del proyector Grafo y todas las luces de la casa se apagaron. En el zoquete de la ampolleta de 100 bujías que se recomendaba había habido un cortocircuito y el aparato entero quedó arruinado. Mi padre hizo valer la garantía, cosa verdaderamente sin precedentes en la Copia Feliz del Edén, y sinceramente creo es la única vez que haya podido hacer valer el derecho de garantía en toda nuestra vida en Chile. Le entregaron un proyector flamante y probado, esta vez de color rojo, muy brillante, con lo que salí ganando con el cambio. De este modo me fue posible independizarme del Vinko Chico, a pesar de que me gustaba mucho ir a su casa. Ellos, con su misterio eslavo, eran muy gentiles y siempre me daban té con leche y grandes trozos de pan con mantequilla y la apreciada mortadela de caballo del almacén de sus padres. El Vinko Chico, además, era inigualable en presentar las películas, cosa que hacía empezando por la introducción de los títulos que leía con un cierto errorcillo disléxico: en vez de leer Grafo Films presenta . . . con que cada película empezaba, declamaba Grafo Flims presentaa-aa-aa . . . Lo importante era que, con el aparato en casa, yo podía proyectar y también hacer cuantas películas me viniera en gana, desligado del Vinko Chico. Cuando empecé a confeccionar los rollos de película utilicé el mismo papel de mantequilla que mi madre usaba para sus moldes de ropa. Pero apenas proyectadas un par de veces, esas películas se pusieron amarillas y chamuscadas por el calor de la ampolleta. También había comprado algunas de las películas originales. Una de ellas trataba de un viaje a la Antártida de Gabriel González Videla, cuyos derechos había ido a reclamar para Chile, convirtiéndose en el primer presidente latinoamericano que jamás pisara el continente blanco. Los dibujos de esa película eran sacados de los periódicos y parecían fotos solarizadas con tonos sólo en blanco y negro. Algunas caras se veían horribles, como si el Loco Zambero (González Videla) fuera uno de varios cadáveres allí presentes, dialogando con los pingüinos que sí se veían perfectos en sus colores originales. Luego descubrí que era mucho mejor y más divertido hacer mis propias películas, que comprarlas en la oficina-cuchitril de los proyectores Grafo. Para que las películas no se amarillearan y oscurecieran debido al calor de la ampolleta, había que encontrar un papel de mayor calidad y descubrí que el mejor era el de planos, usado por los arquitectos. Yo debía hacer mis indagaciones con tozudez, preguntando y exasperando a mucha gente, incluida mi familia que no sabía nada de eso, y recorriendo los negocios aledaños a la oficina de mi padre donde finalmente encontré el deseado papel. Mis nuevas películas se hicieron en ese papel tan resistente como transparente, con tinta china y acuarela, ilustrando y coloreando cada fotograma, como si fuese un verdadero filme de dibujos animados que nunca iría a animarse. Pensé que mis películas no podían dejar de tener un nombre de producción y así, tomando como modelo la RKO , designé a mis películas como producidas por la RCVE, siendo VE el Valle del Ensueño, donde estaba la sede central de todo lo relacionado con mis personajes. El símbolo era prácticamente el mismo de la RKO: un globo terrestre con una antena emitiendo rayos. El Vinko Chico quedó turulato ante mi capacidad de ilustrador cinematográfico, y se convirtió en espectador habitual de mis proyecciones que luego se transformaron en un espectáculo completo. Después de la lectura de algún trozo seleccionado de mis cuadernos de historietas, o la ejecución de algunos trucos de magia con naipes, venía la proyección de las películas hechas por mí, anunciadas por el Vinko Chico con su característico Grafo Flims Presentaa-aa . . . Yo actuaba, como en los circos pobres que recorren los campos de Chile, en todas las funciones artísticas dentro del espectáculo y hasta en otros menesteres, puesto que también confeccionaba los boletos, escribiéndolos a mano y luego, con una aguja de mi abuelita iba perforando en una línea lo más recta posible los hoyitos necesarios para despegar el talón, que yo mismo cortaba después de haberlos vendido, en veste más pedigüeña que promocional, entre los vecinos del barrio, niños y adultos. Los boletos costaban una suma ínfima, pero es interesante que, siendo vendidos, se establecía ahí una suerte de protoministerio a la americana, profesionalizando a la vez el espectáculo. Dentro de éste, yo funcionaba de acomodador, utilero, arquitecto, y también actor y prestidigitador, puesto que las proyecciones de Grafo Flim contaban con una introducción en vivo. Tenía que acarrear las sillas del comedor, debía colgar las cortinas para darle al espectáculo el marco adecuado, puesto que de otro modo ¿qué clase de espectáculo sería? Para ello anudaba el cordel para tender la ropa entre dos clavos en las paredes de la galería, donde se desarrollaba la función. Las cortinas eran un viejo cubrecama de mis tías abuelas, al que se le había cosido unas argollas de bronce que alguna vez pertenecieron a reales cortinas, en otra época y lugar. Así, se reciclaban o se inventaban los objetos y la función o sea la vida misma, tenía lugar entre esas cuatro paredes. |
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